Thursday, October 13, 2005



LA CANINA COMEDIA

Francisco Luis Monsalve Gutiérrez
Universidad de Antioquia- periodismo judicial.

Apareció muerto en el parque de San Blas, al nororiente de la ciudad. Presentaba signos de tortura y, en su cuello, profundas heridas de arma blanca. Sangraba por la boca. Aún se ignora quien era su amo. No se le encontró ninguna identificación y solo en su collar se leía el nombre de “Zarco”. El levantamiento le correspondió a los del camión de la basura. “es un pitbull” dijeron, y con un ceremonioso “que descanse en paz el perrito”, lo lanzaron con los otros despojos.
El lunes anterior descubrieron el primero y, al siguiente, un tercero. Todos alrededor del parque comentaban sobre ello. Los de la calle 89 y los de la 82. Se hablaba con naturalidad: “Nosotros ya sabíamos que era eso de los perros muertos”, dice Olga Bustamante la de la carrera 31.
Las peleas de perros se hicieron populares en Medellín a principios de los años ochenta y finales de los noventa, como una distracción de narcotraficantes y de mafiosos. Lentamente, como la droga, descendió estratos y se instaló en los mas bajos. A fuerza de ordenanzas y decretos, las peleas parecieron desaparecer. Pero solo se hicieron más clandestinas. Reaparecieron cubiertas por nuevos nombres -pit figth, sparring, dogfights- y nuevas reglas; Los nuevos amos son más discretos, cambiaron el estereotipo del hampa, registran a sus mascotas, les ponen bozal y pasean por los parques; las nuevas peleas suelen ser mas sórdidas, y esporádicas. Pero lo sórdido, como en el infierno de Dante puede serlo en diferentes niveles.

Canto I: potencialmente peligrosos
Daniel Correa§ tiene una Rottwailer negra, de un año y medio de vida, hocico y pecho cafés, como suelen ser. Las cicatrices en la cabeza y el cuerpo le dieron su fama, luego de vencer a Niko, un pastor alemán experimentado y al “zarco” un pitbull temerario que venía invicto de 6 peleas. Daniel vive con sus padres y sus dos hermanos. Tiene 23 años; es rubio de ojos profundos y contextura delgada, mentón pronunciado y un corte de pelo moderado. Los domingos, o cuando hay pelea, baja desde San José de la Cima, cadena en mano, para poner a pelear a Queen, su perra. Los lugares varían constante mente. Lo más común es entornos marginales, en mitad del campo, en casas abandonadas o en fincas de apostadores. El grupo lo conforma dos mujeres y siete hombres, incluido Daniel, dos stafffordshire terrier, un bulldog, dos pitbull y dos Rottwailer, incluida Queen. Además de las razas otras, como el bullmastiff, el doberman, el dogo y el tosa japonés, son calificadas por la La ley 746 de 2002 como potencialmente peligrosos, prohibiendo sus peleas como espectáculo. El dueño del perro es castigado 20 salarios mínimos legales mensuales (cerca de ocho millones de pesos).Mientras que al animal muere sacrificado. Para Santiago Martínez, concejal de Medellín proponente del proyecto para la realización del censo municipal de perros, el resurgimiento de estas peleas obedece a que la ciudad no tiene albergues: “nadie sabe que esta pasando con los ejemplares de esta razas existentes. (...) El municipio de Medellín esta en mora de atender una tutela de incumplimiento para construir un albergue”.


El coronel de policía Jairo García no cree las peleas hayan vuelto o estén en aumento, pero tampoco lo desmiente al decir que “el control de estas faltas es muy difícil , debido a lo complicado que es encontrarlos y obtener información” , Aníbal Vallejo, miembro de la sociedad protectora de animales, rebatiendo las palabras de García, dice que “es muy posible un nuevo auge de estos espectáculos, ya que la policía no presta le atención mucha atención y la ley es permisiva al castigar estos hechos como una falta y no como un delito organizado, como algo que va asociado con drogas, juegos ilegales, pillaje, armas y violencia doméstica”.



Canto II: instinto y dinero
Se reúnen por tercera vez en el mismo parque. Poco a poco van apareciendo pelos y cabellos, uñas y garras. Amos y dueños. Actos protocolarios: hablar de los perros, fumar marihuana y comentar sobre las últimas peleas, de las novias o del fútbol. Mientras, los perros, algunos sueltos y otros, los mas fieros, babean inquietos con un arnés en el cuello. No se ve nada extraño pero el ambiente esta enrarecido. “es mejor que nos vamos yendo de acá, lo mejor es no boletianos”
Finalmente se deciden a hacer una pelea. Todos se reúnen alrededor de los perros y beben cerveza. Gritan y saltan. Las mandíbulas de un pitbull blanco se clavan en el cuello de otro barcino. Este último responde mordiendo las patas del primero y así permanecen por cosa de 10 minutos. El asalto se acaba separándolos. Ambos perros gruñen y quieren continuar. Los dueños se miran complacientes. “Fue una mala pelea”, dice uno, “se acabo muy rápido” agrega otro. Se pagan las apuestas y esta es la ultima pelea de la noche. Daniel, al igual que los otros, no se decide. Las apuestas no están buenas.

En Italia, según informe de zoomafia de la liga protectora de animales, las peleas de perros significan al año 700 cincuenta millones de euros . En países como Estados Unidos o México la cifra aumenta mucho más debido a que en muchas partes de estos estados no hay reglamentación y las apuestas se convierten en un negocio de muchos millones de dólares. En Colombia ese calculo seria imposible de realizar. Las peleas son clandestinas y es un mundo hermético. Las apuestas varían de precio dependiendo del tipo (a muerte, a tiempo o de vencimiento); la organización de la misma, la raza y la fama de los que combaten (tanto perro como dueño). Así, cuando las apuestas son malas, varían de 100 mil pesos a un millón y pueden llegar hasta los cinco millones o más.

Canto III: Perro mordido, perro jodido
“Las apuestas son caras porque los perros salen caros”, a juicio de Daniel. Lo primero es comprarlo. Un cachorro llega a valer mas de 200 mil pesos; tener un lugar donde dejarlo, plata para las vacunas y accesorios reglamentarios (collares, huesos de goma, etc.); A los tres meses se les corta las orejas (si es un pitbull) más anfetaminas, complejo B y hormonas de caballo. El perro crece y el dueño suma: 90 mil pesos mensuales de concentrado, idas al veterinario –clandestino, claro esta- y eventuales intervenciones quirúrgicas luego de algunas batallas. “Queen” ya lleva dos cirugías, de 200 mil pesos cada una. Sin contar los cuidados que requieren las heridas obtenidas en cada combate. De igual forma los entrenamientos y previos a la pelea son para Daniel rigurosos: “la perra se deja amarrada y se le estrecha en su perrera, a oscuras, para que le de paranoia. No se le da de comer en uno o dos días y se le hecha algún animalito vivo para que lo vuelva mierda y le de confianza. Se amarra y se le pega bastante para que le de más puteria. Hay manes que les meten cocaína y eso los pone más rabiosos”. “Ya lo otro es entrenamiento básico: correr con ella unos 5 o 10 kilómetros amarrada a la moto -con barras de cinco kilos a cada lado, en un bonito chaleco militar- y que se cuelgue del caucho de una bicicleta con los dientes” muchos perros no resisten esta primera etapa y los que lo hacen mueren en combate o por las heridas recibidas en el mismo. “los perros de este tipo que nos llegan, o que recogemos, porque cuando ya no sirven los abandonan en cualquier parte, uno los reconoce porque vienen con unas heridas tremendas, sobre todo en el cuello y las patas, difícilmente sobreviven y generalmente hay que sacrificarlos porque ya son maquinas asesinas”afirma con seguridad el veterinario Fabio Orrego, de la Clínica Veterinaria de Medellín y finaliza con una cacofonía del séptimo arte “perro mordido, pero jodido”.

Canto IV: gallos, perros y “machos”
La ferocidad de Queen esta en sus dientes. Lo de “potencialmente peligrosos” viene dado por la envergadura de su mordida y su estructura física. Puede presionar en su boca una presa durante horas, resiste cualquier tipo de clima y siempre esta en guardia. Pero es quizá su temperamento agresivo lo que convierte a estas especies en ideales para pelear. . Una bióloga de la Universidad Nacional de Colombia, María del Rosario Rojas Robles, doctora en etología (estudio del comportamiento de los animales) dice que no todos los ejemplares de una misma raza son peligrosos pues, aunque tienen tendencia agresiva, su conducta esta muy influenciada por la educación que reciben: “Los verdaderos protagonistas y culpables de todo esto son los dueños de los perros.” Un estudio reciente de la Universidad de Harvard, realizado en los estados sureños de EEUU, concluyo que los hombres espectadores casi exclusivos de estas luchas, asisten para reforzar su masculinidad. Según el informe los seguidores de este deporte –como lo llaman algunos fanáticos- sienten su ego inflado con las características de los canes, que se atribuyen a si mismos, agresividad, competitividad y fuerza. El psicólogo del grupo de protección animal Defenzoores, sonríe al preguntarle por el perfil de los sujetos que contemplan estos espectáculos, según él porque “se trata de un viejo debate, nacido en los años ochenta y del que no se ha definido nada, pero se habla de gente con trastornos de personalidad de distintos tipos, desde psicopáticos muy agresivos a personas con graves complejos de inferioridad”. Mientras los académicos se ponen de acuerdo, Daniel, al igual que muchos otros seguidores, tiene un argumento: “es una manera de ganarse la vida, aquí la gente se ríe y le da rabia, es un show como los gallos, los toros o las peleas de boxeo,”

Canto V: el primer round
Un correo electrónico le avisa a Daniel de una pelea en los siguientes quince días. Esta vez contra el “parche” de los “duendes” famoso por el Doberman “Duncan”, con siete peleas invictas. El lugar es bajo el puente del barrio Villa de Guadalupe, en el que funciona un teatro al aire libre. “Lugares como estos son los buenos -dice Daniel- ahí no hay mucha gente mirando y no lo pilla la policía a uno” Para esta ocasión Daniel esta decidido a pelear. Necesita la plata para pagar deudas y ayudar en la casa. “Es un evento grande, donde va gente de plata y se juega el todo por el todo, toca intensificar el entrenamiento, ella es una campeona”. Ya todo esta organizado, se leía en el correo, pero si hay algo raro, el encuentro se cancela.

Los catorce días previos los dedica a “Queen”. Todo se desarrolla de manera rutinaria y la perra parece acostumbrada a ello. Cada día más brava, cada día más hambrienta, cada día más inquieta. Daniel se ve preocupado, El dueño de “Duncan” ya le había ganado a varios de los de su grupo. Es “cuestión de respeto y poder” según dice pero, a la vez, dice también haberle cogido cariño a la perra y “eso es malo, porque entonces a uno le da duro si de pronto pierde o la matan. Hay manes muy güevones que lloran por el perro y eso ya lo deja a uno como un débil frente al otro y frente al perro, por que los perros no lloran cuando pelean”. En la mañana del día quince, el día de la pelea, Daniel termina con el ritual: mete en la jaula de Queen un pequeño perro negro. En menos de diez minutos solo hay un can vivo. La perra se acicala, victoriosa, las patas traseras, sobre los pellejos del otro.

Daniel llega al puente en la noche, en la camioneta de un amigo. Mientras más cerca eran las doce más gente y perros llegaba. Más perros que gente, al parecer. Aquí un pitbull, allí un bulldog, por aquí un doberman... Se reunió con sus amigos y hablaron del contrincante. Duncan y su amo cobraban importancia. Orejón, erguido, atlético y con sus piernas flácidas en posición firme, impositivo, autoritario el uno. Alto, motilado al rape, moreno e intimidador el otro.

El escenario es una circunferencia rodeada por escalones y algunos ranchos alrededor. debajo pasa una cañada y arriba cubre todo un gran puente donde pasa casualmente algún carro.
Hay por lo menos 20 personas allí. Pagan sus apuestas, toman un tapete y se ubican en las gradas de asfalto. Se define un torneo relámpago en el que quien pierde esta fuera. Las reglas son claras: no grasas en la piel, no químicos en garras y dientes, no metales o collares. Seis perros por cada grupo, los “duendes” liderados por Duncan y “los garras” liderados por Queen. Fue una noche larga: 12 peleas en total.

Daniel pasa la primera ronda. La pelea dura una hora pero Queen lo logra. Mata a su rival, un pastor belga, negro, de esos peludos, asegurando su mordida en la parte baja del cuello y asegurando, de paso, los doscientos mil pesos iniciales. Había confianza en la segunda ronda. “Los garras” se habían adelantado ganando 4 de las 6 primeras peleas. Queen solo tenia algunos rasguños y no estaba tan mal como otros perros que ya habían peleado. Las apuestas siempre estaban divididas. El dinero perdido ya no importa. Después de cada pelea se reduce el numero de perros y aumenta el de espectadores. De esta primera ronda, cuatro de los doce canes murieron. El más trágico, un Pit terrier café que agonizó cerca de 10 minutos. Las apuestas se triplican.

Canto final: los perros no lloran
La segunda ronda la inician Daniel y Queen. Solo quedan seis perros. El rival de esta ocasión es alto, de pelo largo y moreno al que llamaban “Lázaro”. El perro es un pitbull color blanco, con sangre en la cabeza y en la cola, uno de los favoritos, llamado Yankee. Ambos perros, sin cadenas, halados del arnés, son llevados al ring. Los amos sostienen a sus campeones de las orejas y los enfrentan a tirones para enfurecerlos, para probarlos. El juez da la señal y la pelea empieza. Los ladridos se confunden con los gritos y los dos perros se lanzan uno contra otro. Queen domina al principio, se lanza segura y el otro perro parece ceder. ¡Vamos, dale! ¡Ya lo tenés! ¡Voltéalo! ¡Duro¡¡hijueputa cuidado! ¡Lo cogió de las orejas¡ gritaba Daniel. Ambos intentan saltar sobre el otro y se muerden superficialmente. Queen hinca sus dientes en las patas delanteras de su oponente. Su mandíbula se cierra con fuerza. No lo suelta. Recibe mordidas en el cuello y hocico pero persiste. Es mayor la herida que sufre que la que le produce. Sus pelos cortos y tupidos no amortiguan ni detienen detengan los golpes. Los colmillos penetran y laceran como un cuchillo, como un arma blanca. El juez de la pelea los punza con una varilla y los separa. Ambos retroceden ante el dolor y llenan su caja
toráxica de aire, con las costillas perfectamente arqueadas, para irse encima del otro. La pelea de cuatro rounds dura casi media hora. En el último asalto yankee se pone encima de Queen y la toma en la parte inferior del cuello, más blando, para destrozarle la traquea y romperle la yugular.
Sus pelos se erizan. La tensión se ve en su rostro y el horror en las piernas temblorosas. Se mueve de un lugar a otro, nervioso. Su mandíbula se abre maquinalmente. Mira a su rival con furia. Contiene la respiración, jade un poco y cierra los ojos de dolor para no ver como Queen, su campeona, se desangra entre los dientes del yankee.
Solo después de echarle bicarbonato en los ojos y picarlo con la varilla, el yankee suelta a su presa. “Lázaro” lo sujeta y le da, de manera parca, unos golpecitos en la cabeza, sonriendo. Daniel baja hasta donde Queen, la levanta en sus brazos y la saca del ring haciendo suyos los aplausos que la gente, impertérrita, da por el ganador. subiendo los escalones del teatro sonríe. Como en una comedia, sonríe. Tal vez era el momento de ser fuerte. Tal vez era mejor no contradecir la vida de Queen con diáfanas lágrimas. Tal vez era mejor no quedar como un débil, porque los perros, los perros como los hombres no lloran.
§ nombre cambiado a petición de la fuente.

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